lunes, 26 de febrero de 2007

Nunca fui una Lolita... ¿Y si confieso que miento?


¿TE GUSTAN LAS LOLITAS?
ME GUSTAN LAS CHICHIS... LAS ROSAS, LOS MELONES, LOS DELFINES


Nunca fui una Lolita, al menos nunca tuve conciencia de serlo cuando fue el momento. ¿Y si confieso que miento?

Primero me tocó descubrir la Lolita de Kubrick y me enseñó en carne viva, cual reminiscencias en mi ser, los sercretos más hermosos y perversos de las nínfulas, porque el filme, quizás por la necedad juvenil, me dejó la imagen de la cautivante Lolita mucho más fuerte que la de su padre, amante y verdugo.

Ahora descubro la Lolita de Nabokov y me encuentro de frente al hombre, el complemento necesario para la existencia de esa Lolita, la voz y mirada de un Humbert Humbert sin duda detestable, monstruoso, pero a la vez delirante y encantador, capaz de lograr a punta de gritos y susurros (porque así lo quiere él) mi asco moral, mi implacable sentencia, mi lástima, y con seguridad el consuelo de mi abrazo final. El tono narrativo de la novela ha dejado más huella en mí, y debo decirlo, que el tenue punto de vista del Humbert fílmico.

La reiterada evocación de H.H. sobre su frustrado primer amor, fatalmente no concretado y encarnado en su Annabel, la nínfula primigenia de su deseo (“estaba de rodillas, a punto de poseer a mi amada...”, ¡ay Humbert, cuánto dolor!) nos conduce por un camino de auto justificación de su ¿abominable? conducta: la debilidad por las novillitas de ensueño que corretean entre risas y miran impúdicamente sin querer mirar, un dolor de cabeza para toda Charlotte.

El relato de Nabokov nos muestra la erección-amor de un hombre cuya confesión en prosa conjuga de cierta manera lo masculino y lo femenino. Se muestra (casi) activo (quien lo duda) creyendo dominar la situación, con la seguridad de que sólo la rigidez de sus normas (“la profética rigidez” que heredase de la tía que lo crió) moldearía para siempre a su Lolita rehén, pero no tardará en convertirse en un hombre vencido, mancillado y desorbitado. Mientras su Dolly tan niña y aterciopelada, esclava de su obsesión (la de Humbert), esconde el dolor por su confinamiento con accesos de llanto nocturnos apilados en un sinnúmero de almohadas de hotel, también se vuelve cada día más arisca e impredecible, se hace más fuerte y diabólica con cada caricia no deseada de su carcelero, porque ella jugará a escabullirse al primer descuido y no se rendirá ante él.

Humbert de frente a su Lo embarazada, su “ninfa caída”, nos hace sentir una suerte de amor helado y velado, más frío que la muerte, donde dejamos correr todas las lágrimas ante su “amor a primera vista, a última vista, a cualquier vista”. Se trata del ruego desesperadamente afónico del hombre y la negativa implacable de nuestra Lolita. Finalmente, Nabokov nos pide acompañar una vez más a Humbert Humbert en su automóvil para presenciar el ocaso taurino que le procura a Clare Quilty, tan sólo en busca de liberación.

Y entonces, ¿te gustan las Lolitas?
Silvia Marín ©
octubre 2006

1 comentario:

Anónimo dijo...

El texto de Silvia es muy, muy bueno. Ella tiene una manera muy suave de escribir, con tanta contundencia. Lamentablemente, no puedo con las expresiones orales al escrito. Eso de “Entonces ¿ Te gustan las Lolitas?” Me ha dejado un sabor amargo después de tanto placer. Lo sé, soy una intransigente.
Kelly